Vuelves tu rostro a la pared, condenándote a los ruidos, como si fuese lo suficiente, deseando por milesima vez tener un lápiz y un papel en tus manos, y los gritos rasguñan tu piel, el dolor no es lo suficiente bueno, tampoco el tiempo, el tiempo que no se detuvo para un último abrazo, para esa pregunta que quedó atrapada en tus dientes y tu lengua, y ahora cobardemente mira la pared, buscando un detalle que te ayude recordar por qué.
En que momento diste ese paso y divisaste la inmensidad de lo frío de una muralla de concreto, y los gritos vuelven a acompañarte usando tu piel como presa una vez más, pero estás tan paralizado mirando la pared, sin poder ordenar el ritmo tu respiración así que olvídate de los constantes pensamientos, se mezclan bañados ensordecidos, acalorados, alocados, solitarios, frente a una pared que no te hablará.
Saca el piano, saca el violín, acaba la incesante serenata, acaba con tu público, llévame cada vez más allá, tomate y elevame sin miedo, estoy preparada para caer, me enseñaste a grabar la sonrisa para el momento perfecto, esta vez muero pero presa gustosa de tu cobardía que no deja de mirar la maldita pared.
Seré el eco que arañe tu piel.
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